Visualmente es una orgía de detalles: maquillaje exagerado, capas con volumen de teatro, y escenarios que van desde mansiones victoriosas hasta bares de mala muerte con luces de neón que parpadean como latidos. Hay un sentido deliberado de carnaval —los vampiros son monstruos pero también celebridades de su propio espectáculo— y la película no teme burlarse de su propio género, incorporando guiños meta, cameos ridículos y finales que te dejan riendo y pensando a partes iguales.